Abuelitos desamparados: historias que dejan huella

Abuelitos desamparados: historias que dejan huella

Nos adentramos en esta selva de robles sabios que tiene algo qué contar y es que los años se apropian de ellos para enseñarnos su mejor versión. Las arrugas y las canas no están allí en vano, historias tristes se han apoderado de ellos con una palabra en común: la soledad.

Uno de los abuelitos, don Pedro, llegó al asilo por cuenta de sus vecinos, quienes lo han visto solo toda la vida y en vista de sus necesidades, lo llevaron al hospital y después a este hogar, donde las monjas, empleados y ancianos que habitan en él, lo recibieron con cariño.

Afortunadamente a estos abuelitos los han han amparado unos seres de luz que, dicen ellos, Dios les puso para auxiliarlos, viven en un refugio donde tranquilamente vuelven a jugar con sus recuerdos de aquellos días de gloria, rodeados de personas que los aman y que con su carisma logran atenderlos pacientemente. Las monjas aseguran que Dios les dio la vocación y que con amor realizan estas labores.

Pese a los buenos cuidados que ha tenido el Asilo San Francisco Javier de Piedecuesta, en los pasillos a veces se siente un olor a melancolía, el olvido pareciera ser parte del día a día, pues las familias a veces no recuerdan que alguna vez esos viejos fueron el pilar de cada hogar.

Una luz de esperanza prevalece aún en esa niebla del olvido, hay adultos mayores que aún se sienten con fuerzas ayudar a colaborar a los demás sin interés alguno; sin embargo, se necesita más solidaridad.

Finalmente los ancianos desamparados dejan una invitación especial ofrecer un detalle para los  abuelitos que son aproximadamente 100. Que en el mes del adulto mayor, este mensaje llegue a cada corazón y llegue a estos protagonistas del pasado todo el cariño, la solidaridad y el amor que necesitan.